La mejor historia que puede contar un bibliotecario escolar es la que se teje alrededor de los libros que presta a los estudiantes”. Natalia Díaz, mediadora de lectura.

Esta es la primera de tres entrevistas a mediadores de lectura y escritura. Los mediadores son fundamentales en la transformación en los hábitos de lectura que está viviendo Colombia y que ha confirmado la Encuesta Nacional de Lectura 2018, realizada por el Dane. Dar visibilidad a esos mediadores me parece más que justo, pues en la prehistoria de cada lector hay un mediador. De un lado a otro del país, en bibliotecas públicas y escolares, en iglesias, en malocas, en parques, en hospitales, en plena selva los mediadores se la juegan toda por ayudar en la reconstrucción de un país acostumbrado a la exclusión en la cultura escrita. Nuestra invitada de hoy es la profesora Natalia Díaz, de Bogotá, quien primero fue bibliotecaria escolar y ahora es maestra de bachillerato. Natalia pertenece a la nueva generación de mediadores formada en una facultad de Literatura y con una mirada más panorámica del problema de la lectura en la escuela. (Carlos Sánchez Lozano).


Natalia nació en Bogotá. De niña fue odontóloga, dueña de restaurante, ama de casa, bailarina, etc. En la adolescencia tenía una costumbre particular: leer hasta altas horas de la noche. Estudió en la Universidad Javeriana. Fue bibliotecaria escolar en cuatro colegios públicos de Bogotá. Hoy es maestra en el Colegio Ramón de Zubiría.

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Foto de Juan David Correa

Natalia, danos una imagen verbal del momento en que te enamoraste de los libros.

Yo tenía el único mueble biblioteca de la casa y allí fueron a parar los libros de mi papá y los que me regalaban a mí. Yo era la guardiana y protectora de estos libros y en esta relación fue que me enamoré de ellos.

¿Pinocho o Hansel y Gretel? ¿Caperucita roja o Cenicienta? ¿Qué historia de niñez te atrapó para siempre?

¡Todas! Tuve una colección de libritos con algunos de estos cuentos, una historieta de Aladín y otra de El sastrecillo valiente. Recuerdo que leí incluso todos los cuentos de mis libros de texto del colegio, aunque no los hubiéramos visto en clase. Aún hoy en día y a lo largo de los años sigo encontrando nuevas versiones o haciendo nuevas lecturas de los cuentos clásicos y creo que siempre me van a atrapar.

¿Tuviste buenos maestros en el colegio que te entusiasmaran por la lectura literaria?

Mis maestros de primaria me enseñaron a leer y escribir muy bien, era un colegio pequeño y tuve esta gran ventaja. Pero curiosamente fue uno de mis maestros de primaria el que frustró muy pronto mi carrera como escritora. A los nueve años me sentí inspirada para comenzar a redactar muchos cuentos en mi cuaderno de español con su respectiva ilustración, pero mi profesor se quejó de que yo estaba distrayéndome de las clases con este tema de escribir los cuentos y hasta ahí llegó mi entusiasmo, creo que también llegó a decir que los cuentos no eran muy buenos como para dejar de lado las clases. Fue un duro golpe del que aún no me recupero, la escritura quedó relegada a las redacciones académicas o laborales y a actualizar de vez en cuando mi diario íntimo o los estados de Facebook.

Ya en bachillerato, tuvimos que leer en octavo El amor en los tiempos del cólera, creo que fui una de las pocas estudiantes que de verdad lo leyó completo y fue una experiencia inolvidable, la mejor lectura obligatoria del colegio. Pero ¿cómo tuve yo la facilidad para leerme un libro completo de García Márquez a los 13 años? Mi gran maestro, el adulto que de verdad me inspiró por la lectura fue mi padre. Y lo único que él hacía era leer. Leía de todo, desde el periódico y las Lecturas dominicales de El Tiempo, las revistas de Selecciones, crónicas de Germán Castro Caycedo y cuanta novela negra le interesaba. Yo lo imitaba y ahí quedé irremediablemente atrapada.

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Mis primeras lecturas de la adolescencia fueron los libros que él terminaba de leer y me prestaba, muchas veces novelas sobre espías rusos o norteamericanos que tenían misiones muy complicadas. Estos libros me enseñaron mucho de redacción, ortografía y la capacidad de sumergirme en una historia por más larga que pareciera. Pero sobre todo, el placer de leer.

Estudiaste literatura. ¿Cómo llegaste a esa decisión? ¿Fue muy aburrido estudiar Literatura con L mayúscula?

Exceptuando algunas pocas clases en las que me costaba mantenerme despierta, estudiar Literatura fue todo un placer y un privilegio. Antes de terminar el colegio tenía claro que quería estudiar algo relacionado con las humanidades. Me presenté a Historia, pero no se dio y después de salir del colegio me decidí por Literatura porque el pénsum era lo más cercano al tipo de clases que quería ver. Me gusta pensar que soy una persona práctica y en ese sentido Literatura era la carrera más cercana para lograr que me pagaran por hacer lo que más me gusta, que es leer, y así sucedió.

¿Cómo llegaste a ser bibliotecaria escolar? ¿Cuántos años duraste?

Gracias a Jenifer Nieto, mi amiga y compañera de la carrera, quien meses después de graduarnos de la universidad me contó que estaban haciendo pruebas para este trabajo. Nos presentamos, pasamos las pruebas, nos contrataron y duré siete años trabajando como bibliotecaria escolar. A Jenifer mi eterno agradecimiento por esto. Mi intención era trabajar en el mundo editorial y la corrección de estilo, pero estar en un lugar con miles de libros y que me pagaran por leer y animar a leer a otros fue mi verdadero destino y yo me sentí más que feliz con esto. Ya no me puedo imaginar en un trabajo ciento por ciento de oficina, trabajar en educación y con personas está bastante alejado de la rutina de una.

Cuéntanos una historia que resuma ser bibliotecaria escolar.

La mejor historia que puede contar un bibliotecario es la que se teje alrededor de los libros que presta a los estudiantes. Que en siete años yo haya prestado miles de libros, la mayoría de ellos escogidos por los niños o sugeridos por mí y no lecturas obligatorias, es la satisfacción más grande y la mejor prueba de que mi trabajo funcionó de alguna forma. Los talleres, la atención en descansos, el trabajo con docentes, los proyectos y todas las actividades que debe realizar un bibliotecario escolar deberían tener este final: te visitan los niños con su documento de identificación -y los más pequeños- con su acudiente a llevar libros a casa y crean esa intimidad entre texto y lector. Es la oportunidad de oro para formar mejores lectores, estudiantes y personas en el futuro.  Yo extraño mucho a mis lectores más juiciosos de las bibliotecas escolares en las que trabajé, pero estoy segura de que la oportunidad y el hábito de ser usuarios de bibliotecas es lo más valioso que les pude dejar y que ahí queda una conexión permanente, así ya no los vuelva a ver.

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Eres un caso especial porque pasaste de ser bibliotecaria escolar a maestra. ¿Cómo fue ese cambio? ¿Por qué decidiste hacerlo?

Esa historia incluye una historia de amor porque fue un exnovio el que me convenció de presentarnos juntos al concurso docente y de alguna forma a él le debo mi actual trabajo. En mi caso el cambio se dio de una forma muy natural, duré más de tres años en todo el proceso del concurso y cuando llegó la audiencia para escoger colegio, el año pasado, yo ya estaba plenamente mentalizada y agradecida con el cambio de empleo, sobre todo porque las condiciones laborales son mejores ahora. Ser bibliotecario escolar es un trabajo maravilloso, pero yo pertenecía a ese grupo de contratistas que van al capricho de cada administración y sin ninguna certeza de continuidad o recibir prestaciones de ley. Además, no estoy muy alejada de mi anterior trabajo: todavía trabajo con niños de colegio público, hacemos algunas clases en la biblioteca y cuando se puede hago promoción de lectura con ellos.

Trabajas con adolescentes en estos momentos. ¿Te han sacado canas porque no les gusta leer?

Me sacan canas por muchos motivos, pero no porque no les guste leer, al final todos terminan leyendo, aunque sea la misión de un videojuego o el chat y las redes sociales. Estar rodeado de pantallas interconectadas nos vuelve a todos lectores, y de alguna forma ellos se dan cuenta de que necesitan esa habilidad en el mundo actual. Lo difícil tal vez es convencerlos de que lean buena literatura, pero por un estudiante de cada curso que termine haciéndolo, ya se justifican todas las canas.

Natalia, ¿cómo te percibes ahora como maestra? ¿Cuál es tu responsabilidad en este momento a diferencia de cuando eras bibliotecaria?

Me veo como subiendo una escalera, con unos escalones más altos que otros y un esfuerzo diferente al que hacía en mi trabajo como bibliotecaria. Antes como bibliotecaria yo estaba en un lugar fijo, mi biblioteca, y tenía que dinamizar este lugar y hacer que toda la comunidad educativa de alguna forma se relacionara con ella. Ahora doy clase a trece cursos y a cada uno lo puedo ver una o dos horas a la semana. No todos tienen el deseo de escucharme o aprender algo de mis materias, que son Comunicación e Investigación. De alguna forma ha sido un reto más difícil y además la mayoría de mis estudiantes son adolescentes de población vulnerable, lo que hace que valore mucho más todo lo que estoy aprendiendo como persona, sobre todo y en este momento, a tener más autoridad y dominio de grupos. Afortunadamente lo que se ha conservado intacto es la oportunidad de usar todos los días mi creatividad para preparar las diferentes actividades, la libertad de cátedra es lo mejor de trabajar en instituciones públicas.

¿Qué idea tienes de ti dentro de cinco años?

La de todos los millenials: tener acumulados más viajes, lecturas, experiencias y mantener una conciencia tranquila, el resto se lo dejo a la vida.

Respuestas cortas para preguntas cortas

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El personaje masculino (o femenino) de novelas que te mata.

Sherlock Holmes.

Una mujer escritora que admiras.

Helena Iriarte, gran maestra y escritora.

El lugar literario que quisieras visitar.

Uno que aún no haya leído. Leer también es habitar.

Lo que le preguntarías a tu escritor preferido

¿Tener un solo autor preferido? ¡Imposible!

Un texto literario al que vuelves una y otra vez

La alegría de querer, de Jairo Aníbal Niño.

Un poema de amor inolvidable

Al menos, si entro en las sombras antes que tú,

te has de acordar de mí después

sin que mi recuerdo te arda o te hiera o te mueva,

porque nunca enlazamos las manos, ni nos besamos,

ni fuimos más que niños.

Fernando Pessoa

La frase de un cuento o ensayo que subrayaste.

“Los estudios siguen sin arrojar resultados concluyentes sobre la posible relación causa-efecto entre la violencia y el consumo de violencia en el ocio”, de Simon Parkin en el libro Muerte por videojuego. Fue uno de los últimos fragmentos que subrayé.

La biblioteca que hace parte de tus sueños.

La biblioteca de Babel.

La librería donde te gastas la mitad de tu salario.

No discrimino, cualquiera donde encuentre lo que estoy buscando en el momento.

El amigo o amiga con el que te gusta conversar de libros.

Después de tantos años dedicados a la literatura y a la promoción de lectura, puedo decir que con casi todos mis amigos me gusta hablar de libros. Pero un reconocimiento especial para mi amiga desde la época de colegio, Diana Rodríguez, quien sin estar relacionada profesionalmente con la literatura, ha leído muchos más autores contemporáneos que yo.

Escuche a Natalia Díaz leyendo un fragmento de Tamerlán, de Enrique Serrano.

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Hay que leer siempre lápiz en mano, George Steiner

Calle del Orco

En efecto. Y lo repito: casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el que está leyendo. Es una de las grandes arrogancias culturales de mi pequeño y trágico pueblo.

Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: “¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!”. No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores. Es un diálogo vivo. Erasmo dijo : “El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído”. Es in extremis pero encierra una gran verdad. Tener unas obras completas es recibir a un invitado a quien damos las gracias y de quien también toleramos los defectos, que incluso llegan a gustarnos. Y, años más tarde, por esnobismo o arrogancia de mandarín, tratamos de ocultar los rastros de…

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Rebeca Marsa, nueva novelista colombiana

Noviembre 8 de 2017

Por Carlos Sánchez Lozano

En su primera novela, Como perro sin dueño (2017), Rebeca Marsa logra un sólido equilibrio entre la historia de un artista fallido y el trasfondo histórico de un país invivible que pasa del detritus del Frente Nacional al narcotráfico y termina en los “falsos positivos”. Las primeras novelas no suelen ser buenas, pero esta sí lo es: cuidada en su concepción, escrita con dominio del tema, es la continuación de una tradición de novelas realistas sobre Bogotá, que han enriquecido, entre otros, Soledad Acosta de Samper, José A. Osorio Lizarazo, Antonio Caballero, Luis Fayad, Carlos Perozzo, Rafael Humberto Moreno-Durán y Julio Paredes. Sigue leyendo

“La educación sentimental”: un amor de mis 20 años

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En 1984 yo estudiaba derecho en la Universidad Nacional de Bogotá. El libro que me acompañó en aquellos días fue La educación sentimental (1869) de Gustave Flaubert. Un espejo total de lo que vivía.

Una amiga, con la que estudiaba derecho civil (el derecho de la propiedad y de los ricos), moría asesinada por la policía, tras un asalto urbano. Era guerrillera. La versión femenina de Senecal.

Un compañero de literatura un día me dijo: “Te voy a dar a leer mi novela. Todo lo que no se ha dicho sobre la violencia en Colombia, yo lo cuento ahí”. Me lo encontré y lo interpelé por su opera prima. “La perdí en un bus”. Era el cínico Hussonet. Y Deslauriers y Cisy rencarnaban en la figura de un abogado, antiguo y feroz sindicalista de izquierdas, que ahora defendía los intereses de alguna iglesia evangélica gringa: “Debo comer, ¿no?”.

Yo mismo me había enamorado de una mujer casada (Frédéric y madame Arnoux). Ay.

Leer ayuda a ser un poco más libres

Entrevista publicada en el periódico La Opinión de Cúcuta, domingo 22 de noviembre de 2016 (http://bit.ly/2gy5Biu)

Por Cicerón Flórez (ciceron.florez@laopinion.com.co. Asesor Emérito del diario La Opinión)

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Se ha dicho que la lectura es uno de hábitos de mayor goce del ser humano. Desarrolla el conocimiento, irriga la inteligencia y contribuye a la comprensión de la vida. La falta de ese ejercicio es una resta que se la hace a la cultura y genera preocupaciones. Por ello se están promoviendo campañas en establecimientos de educación, o desde las bibliotecas públicas y en los mismos hogares. Carlos Sánchez Lozano, docente universitario, consultor en temas de educación y estudioso del arte y la literatura trabaja en el fomento de la lectura. La semana pasada vino a Cúcuta para dictar un taller en el Área Cultural del Banco de la República. Es el tema de esta entrevista que concedió a La Opinión.

Las estadísticas muestran un bajo índice de lectura de libros en Colombia. ¿Cuál es la realidad al respecto?

Los estudios cuantivativos sobre hábitos de lectura han sido relegados porque no permiten valorar cambios en el concepto dinámico de lo que los historiadores de la alfabetización denominan hoy lectura. Del último estudio elaborado por el Dane en 2005 quedó en claro que se estaba leyendo más en pantallas que en papel y que la lectura de libros literarios de los niños entre 7-12 años iba en crecimiento. Posteriormente programas para la primera infancia como Fiesta de la lectura –en el que por los menos 50 mil madres comunitarias de todo los municipios y veredas de Colombia les leen diariamente a los niños de 2 a 6 años- hablan de que es mejor observar las prácticas de lectura in situ, que ponerse a contar cuántos libros leen las personas por año.

Hay campañas tendientes a promover el hábito de la lectura. ¿Qué tan eficaces han resultado y qué más puede hacerse?

Colombia tiene programas reconocidos y exitosos en promoción de lectura tanto en el ámbito público (el Plan Nacional de Lectura y Escritura dirigido por el Ministerio de Educación Nacional y el Ministerio de Cultura), como en el privado (el caso de cajas de compensación familiar en Bogotá, Cali y Medellín). En general tienen eco, sobre todo en el sistema escolar. Ya incluyen a población en discapacidad, presos en cárceles e incluso a habitantes de la calle. Está clara la idea de que una de las formas de inclusión democrática es la lectura para todos.

¿Desde los centros de enseñanza cómo se está contribuyendo a la lectura?

En las instituciones de educación básica y media todavía falta una política concertada del Estado, pero se están desarrollando programas y hay recursos en ejecución. El principal problema tiene que ver con que muchos docentes no son mediadores de lectura, esto es, ellos no forman lectores ni guían a los niños y jóvenes a serlo. Incluso, muchos docentes no son lectores activos ni de prensa, ni de literatura, ni de información especializada en sus áreas. Y si bien usan las redes sociales, ello no comporta necesariamente una actitud lectora crítica. Un actor clave en la formación de lectores en la escuela son los bibliotecarios escolares. Pero eso va lento porque no hay plata para crear el cargo en las instituciones educativas públicas.

¿Medellín está a la vanguardia del empeño por la lectura?

Sí, Medellín es un caso particular en el país. Tiene un plan de lectura municipal bien organizado, tiene programas excelentes de gran impacto como el Juego literario, realizado de forma anual, donde miles de niños y jóvenes de todas las escuelas públicas leen a autores que se invitarán posteriomente para que conversen con los estudiantes. Tiene además una potente red de bibliotecas públicas y de cajas de compensación familiar con programas barriales que hacen que la comunidad las valore enormemente.

¿Cómo les va a las bibliotecas?

La Biblioteca Nacional, que está a cargo de las bibliotecas públicas de 1.060 municipios, tiene programas activos de promoción de lectura más o menos estables con bibliotecarios locales que están en proceso de profesionalización. También hay que reconocer el esfuerzo de la red de las 22 bibliotecas del Banco de la República que logran poner a disposición de los lectores más de dos millones de libros impresos que tiene la Luis Angel Arango en Bogotá, al igual que cajas viajeras para que maestros o promotores de lectores las usen en zonas rurales donde no llegan los libros. El tema complejo siguen siendo las bibliotecas escolares (debería haber una por cada institución escolar. En Colombia hay más de 25 mil instituciones educativas públicas). En eso estamos muy retrasados. La dotación ha crecido (la Colección Semilla con 270 libros literarios e informativos dirigidos a los niños y jóvenes de todos los grados escolares), pero a veces se pudre en los colegios porque los maestros no usan los libros, porque temen que se pierdan –o se dañen- y les inicien un disciplinario.

¿Cuál podría ser el futuro?

Hay que dotar mejor las bibliotecas (públicas y escolares). Hay que invitar a los maestros a formarse como lectores. Hay que abrir nuevos espacio de lectura como Libro al viento, los clubes de lectura, los Biblioparques, etc. para que los ciudadanos se acerquen sin temor ni reverencia a los libros. Hay que hacer énfasis en la lectura –impresa y electrónica- con jóvenes. Hay que crear programas para que las víctimas del conflicto armado y en general de todas las personas que están en situación de pobreza o exclusión pueden acceder a programas de lectura y escritura.

Defina la importancia de la lectura.

Leer ayuda a ser un poco más libres y confrontativos ante al poder, la mentira, la estupidez y los dogmas. Vimos el 2 de octubre que sin lectura y escritura de calidad, no hay ciudadanía.

¿La buena literatura ha perdido atractivo?

Estamos en una época de fin de los cánones. Ya nadie se puede arrogar el derecho de qué deben leer los otros. Es necesaria la mediación y las recomendaciones, pero la prescripción vertical terminó.

¿Cómo está Colombia en producción literaria?

No estoy al día en el tema, pero celebro que hay nuevas voces, sobre todo femeninas. Lo que haya que decir de nuevo, lo dirán las mujeres.

¿La crisis de la lectura afecta el conocimiento y el desarrollo cultural?

Sin duda y está verificado por entidades como la OCDE. Bajos niveles de hábito lectura y de circulación de libros se reflejan en economías con baja movilidad y una transferencia dependiente del conocimiento.

¿Y usted qué lee y cuánto lee?

Gracias por la pregunta. Leo poco. Unos 40 minutos o una hora diaria, entre las 5 y las 6 de la mañana acompañado de mi sagrado café. Las responsabilidades de maestro universitario limitan mis oportunidades de leer tranquilo. En este momento estoy viviendo un periodo de fiebre lectora de poetas. Acabo de leer El gran amor del estimado maestro, y ahora estoy metido de cabeza en la obra de un poeta ruso: Joseph Brodsky. No había leído un poeta contemporáneo que me dijera tanto sobre el poder, la pérdida de la razón del mundo, la incomunicación, y el valor del lenguaje para sobrevivir en medio del nihilismo

La literatura infantil y juvenil colombiana frente al conflicto armado

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El liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez firman el acuerdo que crea el Frente Nacional, en Sitges, España, en 1957. En: Gómez García, J. G. (abril, 2989). El Frente Nacional: el sagrado derecho a la continuidad. En: Investigar, 2, 41-49.

“Conflicto armado” es un eufemismo para designar la guerra que tuvo su origen en la exclusión política que inauguró el Frente Nacional, en 1958, ese interesado pacto entre las élites del partido liberal y el conservador, las cuales se repartieron el manejo del país hasta 1974. Para algunos historiadores el conflicto armado se inicia en 1964 con la conformación de la guerrilla de las Farc en Tolima y Caldas, al mando de un antiguo guerrillero liberal: Manuel Marulanda Vélez. Esta guerra no ha sido “convencional” entre ejércitos claramente diferenciados. Sus actores, los victimarios, van desde guerrilleros y paramilitares hasta oficiales, suboficiales y soldados de las Fuerzas Armadas. Pero también políticos (los parapolíticos), hacendados y empresarios en la legalidad que con dineros públicos o privados estimularon el conflicto para defender sus intereses.

La principal damnificada, según el historiador Daniel Pécaut, ha sido la población civil. Las víctimas están entre el “pueblo”, y muchos de los delitos cometidos contra él fueron ejecutados precisamente por los grupos guerrilleros, que tenían entre sus eslóganes defenderlo. Los que más han sufridos los desmanes y brutalidades de la guerra han sido en particular campesinos aparceros, comunidades indígenas o afrodescendientes los más pobres entre los pobres. Las cifras de muertos a causa del conflicto armado varían, pero según el Grupo de Memoria Histórica (GMH), pueden ser 220 mil entre 1958 y 2012. Todos los actores del conflicto armado han demostrado una capacidad arrasadora y cínica para matar, destruir, secuestrar, expropiar, violar.

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© Fotos tomadas de Abad Colorado, J. (2015). Mirar de la vida profunda. Bogotá: Planeta.

El reparto de la actividad criminal varía: los grupos guerrilleros han secuestrado más (cerca de 27 mil personas), además de reclutar más los niños para la guerra (7 mil, por lo menos); los paramilitares son responsables del mayor número de muertos en alrededor de 2 mil masacres y del desplazamiento forzado de comunidades enteras (Colombia tiene 6 millones de desplazados, por encima incluso de Siria); también los paramilitares, en alianza con notarios corruptos se apropiaron de las tierras, animales y cultivos de los desplazados y en acuerdos con políticos locales en algunas regiones del país se robaron el erario y regalías; el Ejército y los servicios secretos del Estado están altamente comprometidos en la desaparición forzada de personas (más de 80 mil), la mayoría sindicalistas, defensores de derechos humanos o líderes populares, y en los espantosos e inhumanos “falsos positivos” (más de mil).

Paradójicamente el conflicto armado no ha tocado a las grandes ciudades (Bogotá, Cali, Cartagena), salvo en los casos de los atentados terroristas (el del Club el Nogal), los asesinatos selectivos (Elsa Alvarado y Mario Calderón) y los falsos positivos (el caso de Soacha, por ejemplo). Las huellas del conflicto son percibidas como “lunares” que afectan el paisaje urbano: la niña indígena desplazada que pide limosna en un puente peatonal; el vendedor de dulces que a la fuerza entra a un bus de Transmilenio con la esperanza de que le compren; la joven viuda que trata de ubicarse en el servicio doméstico para sostener a su familia. La guerra, como acertadamente lo ha señalado Álvaro Sierra, ha sido un tema de la Colombia rural, no de la Colombia urbana. Esta última ha vivido en un periodo de inconsciencia colectiva. La guerra ha sido un tema de “otros”, un modo de representación de la realidad divulgado por los medios de radio, prensa y televisión, responsables en gran parte de la desinformación que existe sobre el conflicto armado.

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Foto íbid. Abad Colorado

Libros, niños y guerra

El corpus de la literatura infantil y juvenil colombiana que tiene por tema la violencia ha sido estudiada con atención en su tesis de maestría por las investigadoras Alice Castaño y Silvia Valencia (2016). Lo seguimos, si bien añadimos otras obras que enfocan de manera crítica el conflicto armado.obras-narrativas-conflicto-armado-lij-colombia

Sin entrar en mayores detalles de análisis crítico de las obras, por temas de espacio, nos interesa resaltar algunos aspectos.

La eclosión de personajes femeninos extraordinarios. Ana María, la nieta del dirigente asesinado de la Unión Patriótica en El gato y la madeja perdida, es una adolescente crítica, abierta a las posibilidades que plantea la vida y generosa en su mirada del mundo. Otro personaje que genera inmediata empatía es Mile, la niña wayuu protagonista de El mordisco de la medianoche, por su capacidad de resiliencia, su respuesta para aprender en medio de la adversidad y el espíritu de identidad que la caracteriza. Interrogativa y de gran sensibilidad es la niña protagonista de El árbol triste, el más poético de los libros y el más heterodoxo en la forma de ver la guerra desde la mirada infantil. También son dulces, reconciliadoras, al tiempo que maduran como seres humanos en medio de su dolor Patricia, en Paso a paso, e Isabel en El rojo era el color de mamá. Inteligente, inquisitiva, buena consejera es Violeta en Los agujeros negros.

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El uso del narrador en primera persona (narrador “autodiegético” en la jerga estructuralista de Genette). Que busca generar empatía (un habla de tú a tú) con el niño o joven lector, y le da mayor verosimilitud al relato al acercar al lector a un tiempo real de vivencia y, a su vez, dar cuenta del valor que los escritores le dan a su pasado de niños al recuperar su voz a través del relato. Vigorosas, honestas, son las voces, el discurso directo libre, de Patricia en Paso a paso, del niño guerrillero en Era como mi sombra, de Juan en Los agujeros negros y de Enrique en La luna en los almendros.

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El tratamiento de la violencia. Todas las obras incluyen estas escenas pero una estadística refleja que no son ni corrientes, ni explícitas. A diferencia de la de la llamada “novela de la violencia” para adultos (Cóndores no se entierran todos los días, por ejemplo, de Álvarez Gardeazábal), en estas obras hay un manejo cuidadoso que les permiten a los escritores contar sórdidos momentos del conflicto armado, sin utilizar el morbo visual o la displicencia en el habla. Los victimarios no son protagónicos y son retratados tangencialmente. Las obras se concentran en contar el drama de las víctimas y en lograr que el lector tenga empatía hacia sus tragedias.

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El aprovechamiento del lector implícito. Estas obras trabajan con un esquema de “lector implícito”, es decir, suponen que los lectores poseen además de una enciclopedia básica sobre el conflicto armado (saben qué es un secuestro), mínimas y determinadas competencias de lectura literaria para formalizar el contrato autor/lector (Iser, 1987; Chambers, 2008). Yolanda Reyes, por ejemplo, no necesita aclarar en su relato que esta obra toma como base real el brutal asesinato de dos líderes comunitarios y ambientalistas, como tampoco Francisco Montaña explica que uno de los posibles referentes reales del personaje del abuelo de Ana María, sea Manuel Cepeda, una de las 3 mil víctimas del exterminio que sufrió la UP.

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Ilustración interior de Los agujeros negros. Daniel Rabanal. En: http://bit.ly/2dcasCM

El valor del mediador adulto. Padre, maestro o amigo mayor, que cumple el papel del equilibrio, la razón y el respeto hacia las reglas sociales. Se constituyen en referentes, como la maestra Elvira en el caso dramático del protagonista de Era como mi sombra, que por todos los medios busca que el niño no ingrese a la guerra. Al final se pregunta con un dolor agudo: “¿En qué fallé?”. Cuando el caos y la anomia social, el odio y la brutalidad adulta imperan, los maestros y maestras personajes de las obras exponen razones para la cordura y la búsqueda de salidas.

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Una actitud prospectiva. La investigadora Lillyam González (2013) concluye que en los libros que tocan el conflicto armado colombiano “se presenta un futuro esperanzador, en el que se asume el pasado y se hacen proyecciones a futuro. No se quedan en el regodeo de una historia realista desarrollada en un contexto de represión; superan la denuncia y se insta a continuar”. Los finales de las obras tienden a ser abiertos, y animan al lector al plantearle posibilidades de esperanza para los personajes protagónicos. Hay un llamado implícito a reconstruir el país después de la tragedia.

Una postura ética y política, de compromiso intelectual por parte de los autores. No se trata de hacer literatura de denuncia, realismo socialista demagógico, panfleto. Todo este conjunto de obras reseñadas tienen un alto nivel estético-literario al que suman una postura ética que se resume en un principio: no callar. Contra el olvido, contra la dispersión, contra la indiferencia, contra el poder, estos escritores oponen la memoria. La memoria de las víctimas.

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Pilar Lozano (Bogotá, 1951), una de las escritoras y periodistas más comprometidas en estudiar el tema de los niños en la guerra.

¿Y qué hacer con la literatura del conflicto armado?

Muchos jóvenes de Bogotá y de las ciudades más grandes han visto la guerra por televisión. La lectura de estas obras literarias, quizá, pueda contribuir a entender que, al contrario de lo que se cree (“la violencia pasa en otro lado”), la guerra es un tema que nos involucra a todos (porque todos somos colombianos y compartimos una historia, una cultura y una geografía común) y que no podemos dar la espalda a los que han sufrido el horror. Lo que ha pasado políticamente, por lo menos en los últimos 50 años, hay que explicárselos a los niños y jóvenes. La brutalidad del conflicto armado y sus secuelas en personas reales, de carne y hueso, que han sufrido todas estas atrocidades, requiere ser recuperado a través de una Memoria que honre sobre todo a las víctimas.

La lectura literaria puede contribuir a ese acto de justicia. Proponemos a continuación algunas intervenciones pedagógicas que pueden ser acogidas por los docentes de Lengua y Literatura.

Uno. Actividades extratextuales para generar conocimiento enciclopédico y empatía con los hechos sucedidos. Recomiendo dos propuestas pedagógicas elaboradas por la Biblioteca Luis Ángel Arango: Los niños piensan la paz (http://bit.ly/1TqZ4ln) y Hechos de paz (http://bit.ly/2auoqf6). Esta última incluye multimedia y permite la interacción de los estudiantes.

Dos. Actividades intratextuales, centradas en la recuperación de información de los textos leídos y en valorar aspectos parciales de los textos. Aquí se pueden trabajar la Ficha de personaje (http://bit.ly/2cTjpAq) y la Ficha de la trama narrativa (http://bit.ly/2cTjCU9), la lectura comentada de capítulos, el Juego de roles propuesto por Mabel Pipkin (Ver http://bit.ly/1RsEtZG)

Tres. Actividades críticas, cuyo objetivo sea conocer la opinión y los juicios del lector. El comentario crítico, impreso o en forma de video –como los youtuber- o en multimedia usando herramientas como Padlet (https://es.padlet.com/auth/login), por ejemplo.

Cuatro. Actividades de escritura que involucren registros y destinatarios diferentes. Pueden ser desde escribir un correo, un trino o un mensaje en redes sociales al autor del libro que han leído, hasta participar en el Concurso Nacional de Cuento del MEN y RCN (http://bit.ly/2cIBa77) con un capítulo corto que aproveche una elipsis narrativa que haya dejado la obra que leyeron los estudiantes (esta es una propuesta del profesor Gustavo Aragón).

Si el lenguaje, en la citada frase de Heidegger, es el que nos constituye, somos los maestros de Lengua y Literatura los que tenemos que velar porque el lenguaje de la ignominia que generó el conflicto armado no desaparezca en el velo de los tiempos.

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Este artículo fue publicado en la revista Tiempo de leer, No. 15/septiembre de 2016.
(http://bit.ly/2col9Sq). 
Nuestros agradecimientos a María Fernanda Paz Castillo, de Ediciones SM.

Bibliografía citada

Castaño A., Valencia S. (enero-junio, 2016). Formas de la violencia y estrategias para narrarla en la literatura infantil y juvenil colombiana. Ocnos 15 (1) 114-131. Recuperado de: http://bit.ly/1Z5Lm7r

González, L. (2013). Rebeldes, adoptados y transgresores: libros infantiles en la literatura colombiana. Breve recorrido por temáticas realistas. En: Héroe y antihéroe en las literatura hispánicas (pp. 89-97). Liberec: Technická Univerzita v Liberci.

Grupo de Memoria Histórica GMH (2013). ¡Basta ya! Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional. Recuperado de: http://bit.ly/1S5aKKi

Sierra, A. (13 diciembre de 2015). El argumento moral. En: El Tiempo, p. 19A. Recuperado de: http://bit.ly/1O8l4cM

 

 

Bondades y riesgos de la lectura crítica

24 de enero de 2016

Por Carlos Sánchez Lozano*

Quiero señalar, primero que todo, que lo relacionado con la lectura crítica no es nuevo. La preocupación por su enseñanza y su evaluación a través de las Pruebas Saber desde 2014 así lo han presentado, pero esto ha logrado que no se observe el contexto y el valor histórico de este tipo de lectura, reduciéndose su enseñanza a ejercicios aplicados del Análisis Crítico del Discurso, cuya orientación se basa en los trabajos del lingüista holandés Teun van Dijk. No está mal, quiero aclarar, pero sí me parece importante destacar que la lectura crítica no es un problema de hoy, sino que tiene una genealogía: en cierto periodo de la historia, situado, se fundaron las actitudes de lo que hoy consideramos un lector crítico.

van dijk

Teun Van Dijk

Sobre este contexto en que surgió la lectura crítica quiero hablar brevemente. Luego señalaré dos aspectos relevantes que caracterizan a los lectores críticos. Por último, expondré algunas propuestas de intervención didáctica en el aula que podrían propiciar la formación de niños y jóvenes lectores críticos.

kant

Inmanuel Kant

Podemos decir que históricamente el momento en que la lectura crítica adquirió una importancia social relevante fue a partir de lo Modernidad, que en términos sencillos -y tomados del filósofo alemán Inmanuel Kant- denominamos “capacidad de pensar por sí mismo sin la dirección de otro”, como muy bien traduce el querido profesor Rubén Jaramillo Vélez esta parte del texto kantiano Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la ilustración?[1]

Montaigne y Descartes

Es gracias, sin duda alguna, entre otros, a espíritus como Montaigne y Descartes –fijense que son franceses, no españoles- que el derecho a opinar sin temor a ser castigado (con el silencio o con la muerte) ganó su lugar en la historia de la humanidad. Pero fue la Revolución Francesa de 1789 la que dio carta de identidad a la lectura crítica. No fueron solo los philosophes –según los llama Robert Darnton- como Voltaire, Rousseau, Diderot quienes se enfrentaron al canon sagrado de textos medivales del antiguo régimen, que se suponían inviolables[2].

madame de stael

Madame de Stael

Se olvida a menudo que fueron mujeres como Madame de Staël, por citar la más reconocida, las que en sus aristocráticos salones alimentaron la lectura crítica, el debate y es gracias a ellas, que estos hombres se sintieron estimulados a escribir, a publicar, a debatir ideas que en su momento fueron consideradas subversivas[3]. Una obra como la Enciclopedia –probablemente el primer gran libro de conocimiento cuyas intenciones eran democráticas -nació de un deseo que caracteriza a los lectores críticos: divulgar el saber, luchar contra el dogma y la ignorancia, distribuir el conocimiento entre los menos letrados.

la enciclopedia

La Enciclopedia, dirigida por D’Alambert y Diderot

Y de nuevo, leyendo a Kant[4], es que entendemos las razones por las cuales la lectura crítica tuvo que –perdón la expresión coloquial- ganarse  a “codazos” su espacio en la sociedad a través de periódicos y libros.

Nuestra época es la época propiamente de la crítica, a la que todo debe someterse. De ordinario, a ella quieren sustraerse la religión por su santidad y la legislación por su majestad. Pero pronto despiertan justa sospecha contra sí mismas y no pueden exigir que se les preste el respeto sincero que la razón sólo concede a lo que ha podido soportar su libre y público examen[5].

La crítica, en general, para cerrar esta parte de la exposición, no es bien aceptada sobre todo por los defensores de cierto orden restaurativo basado en la desigualdad o en los intereses creados, pues los lectores críticos son los primeros en ver los lunares y alzar la voz para hacer reclamos.

Quisiera, ahora, señalar dos valores que tienen los lectores críticos.

Al primero lo llamaría “romper el cascarón del yo”: yo pienso, yo creo, yo digo, el “opinadero” imparable. Los lectores críticos son dialogales, esto es, piensan que los textos son una construcción colectiva, no un ámbito para exponer su yo prepotente. La lectura crítica es intertextual, es decir, dialoga con otros autores, otros textos, no se resigna al monólogo. Pero este diálogo no es devoto, ni postrado. El lector crítico no funciona como clon de otro, ni presta su propia voz para reproducir la de otro (cuesta tanto enseñarles esto a los jóvenes, que primero pasan por el nadaísmo, luego por Andrés Caicedo, después por la posmodernidad o el “gurú” de turno). Al lector crítico no le gustan los partidismos arrodillados, ni las ideas “inamovibles”. Es tolerante, abierto, atento al nuevo conocimiento sin dejarse descrestar por las modas intelectuales o la voz del que más grita.

La lectura crítica es pues intertextual y propone que el texto  -siguiendo las definiciones de Genette y Barthes-[6] es polifónico, esto es, un encuentro de voces. Por eso el lector crítico referencia, indica la procedencia de una fuente, la contrasta con otra, la valida o la enfrenta polémicamente, no oculta la cita.

El segundo valor que le acreditamos al lector crítico es que es riguroso frente al texto, pero no se deja someter por lo que este dice. El lector crítico lee inferencialmente, ausculta lo que el texto no dice (quizás quiera decirlo), y va más allá. ¿Pero hasta dónde?

Aquí estamos en la mitad de un lío que tiene que ver con la relación lector-texto: ¿cuánto aporta en la construcción de significado el lector?, ¿cuánto aporta el texto?, ¿cómo es esa transacción? ¿Cómo validar que la interpretación del lector esté dentro de los límites semánticos del texto, pero a su vez, aquel los desborde en busca de recontextualizar lo que le dice a él el texto?

Al respecto pienso lo siguiente:

Los niños y jóvenes requieren el apoyo de los mediadores de lectura (docentes, bibliotecarios escolares, sobre todo) para enfrentarse críticamente a los textos literarios que leen en el colegio. Algunos estudiantes -estimulados por la forma como les enseñan a leer sus maestros- se mueven en dos líneas identificadas por Umberto Eco: la del respeto absoluto a los textos y su comprensión reproductiva (hipointerpretación) o la de la exaltada rebeldía crítica -forzosamente subjetiva- que impone los saberes del lector sobre los del texto (hiperinterpretación)[7]. ¿Es posible un punto medio? ¿Cómo hacerlo?

eco

Umberto Eco

En tal orientación creo que como maestros de primaria y secundaria deberíamos considerar acciones de intervención didáctica tales como:

  1. Organizar planes de lectura que observen los intereses de los lectores. De nada vale leer clásicos y libros que no transforman el yo, que no invitan a pensar, y que leídos a destiempo desestimulan el hábito lector.
  2. Apoyar la conformación de una comunidad de interpretación, para que se entienda que los textos –sobre todo literarios- no tienen una interpretación cerrada. Un club de lectura con niños y jóvenes sería una buena opción para estimular esa alternativa de lectura crítica.
  3. Aprovechar los sitios en internet que facilitan el diálogo sobre los libros: las reseñas, los fanfic, los booktubers.
  4. Los encuentros cara a cara con los autores para que los niños y jóvenes compartan puntos de vista argumentados sobre las obras y no les dé temor exponerlos.

Para finalizar quisiera hacer una reflexión y precisar el título de mi texto.

alberto manguel

Alberto Manguel

La lectura crítica tiene sus riesgos. Alberto Manguel con su habitual ironía ha señalado que al poder –sobre todo al poder político- no le gustan los lectores críticos, porque acaban cuestionando todo, invitando a otros a alzarse, a descreer. También otro espíritu irónico –Augusto Monterroso- aclaró que en una época, en su país, Guatemala, ser crítico significaba o el exilio o un tiro en la cabeza.

Laureano gomez

Laureano Gómez

La intolerancia, el ataque al que piensa distinto, la estigmatización del pensamiento alternativo ha caracterizado a un país como Colombia, sobre todo desde los años 50 durante la presidencia del hipercatólico Laureano Gómez, sin duda alguna un momento fundacional en el origen de todas las violencias que en adelante ha sufrido nuestro país. Herencia que incluso hoy vivimos cuando tenemos que soportar a un funcionario público de alto nivel al que no le gustan los gais, el aborto, la eutanasia, la legalización de las drogas, el libre pensamiento y busca por todos los medios neutralizar a quienes defienden esas ideas.

Marta Traba, Baldomero Sanín Cano, Rafael Carrillo, Rafael Gutiérrez Girardot

Colombia ha tenido muy buenos lectores críticos, algunos inclusos hipercríticos con todos los problemas que ello conlleva. Quiero destacar los nombres de críticos literarios y críticos de arte, y de un gran periodista, que nos ofrecen una lección sobre el significado de ser lector crítico. Quiero mencionar primero que todo a la argentino-colombiana Marta Traba –hoy injustamente olvidada- que dio identidad al arte moderno del país; al maestro antioqueño Baldomero Sanín Cano; al filósofo cesareño Rafael Carrillo; al profesor boyacense Rafael Gutiérrez Girardot que vivió tantos años en Alemania, mientras su corazón no se despegaba de Colombia. Jaime Garzón, compañero de universidad, inolvidable, maestro de la burla, forma selecta si la hay de la lectura crítica.

jaime garzon

Jaime Garzón, por Hernán Díaz

Gracias por su atención.

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* Texto leído ante docentes colegas en el Gimnasio Moderno de Bogotá, el 24 de septiembre de 2015, por gentil invitación de Planeta Editorial.

[1] Tomado de http://bit.ly/1JqNOLy.

[2] Robert Darnton, “La revolución literaria de 1789”. En: El coloquio de los lectores, FCE, México, 2003, p. 187

[3] Benedetta Craveri. La cultura de la conversación. FCE, Buenos Aires, p. 438.

[4] Kant llevó al límite el valor de la lectura crítica al poner en el título de varias de sus obras este concepto: Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788), Crítica del juicio (1790).

[5] Citado por Rafael Gutiérrez Girardot. En: Provocaciones, Fundación Investigar-Fundación Nuestra América Mestiza, Bogotá, 1997, p. 25

[6] Citados por Patrick Charaudeau y Dominique Maingueneau. Diccionario de análisis del discurso. Buenos Aires: Amorrortu, 2005, p. 337.

[7] Umberto Eco. Los límites de la interpretación, Barcelona, Debolsillo, 2012, p. 53.